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Los influencers ya no quieren ser humanos

Son influencers que no existen. Robots o personajes de ficción diseñados por agencias de marketing para petarlo en Internet. ¿Cuántos seguidores hay que tener para ser influencer? ¿Y si no existes?

Influencers que no son robots, son otra cosa
El caso de Lil Miquela

Te gusta su manera de cantar. O su sonrisa. Sientes que conectas con esa persona, que tenéis muchas cosas en común. O te encanta su filosofía de vida y esas fotos que se hace en Hawai. Por momentos te gustaría ser él/ella. La única pega es que directamente no existe. 

En un mundo casi siempre plagado de artificialidad como es el de los influencers, todo suele estar medido al milímetro para alcanzar a más suscriptores. Para influir en la mente de más y más personas. Para agradar a una mayoría, para dar a conocer marcas. Los unboxings y ese nuevo producto exclusivo que disfrutan antes que nadie. El product placement y esa botella de Pepsi que de repente aparece en el encuadre sin que nadie parezca reparar en ella. Todo está calculado. 

Son actores y actrices, cantantes, o gente pudiente que recorre el globo fotografiándose ligeros de ropa en los lugares más recónditos del planeta. ¿Pero qué pasaría si las agencias de marketing dieran el salto y crearan personajes con el único cometido de aumentar followers y dejar huella? 

No es una suposición, es una realidad que lleva años sobre la mesa . Y con perspectivas de continuar creciendo. Y se entiende dentro de un contexto donde lo virtual cada vez tiene más peso dentro de la realidad. Esto no es nuevo, piensa por un momento sino en el grupo musical Gorillaz o en esos grupos holograma japoneses que llenan estadios. 


Influencers que no son robots, son otra cosa

No son inteligencias artificiales. Y ojo, te lo dice Ysi, que de inteligencia artificial y recomendación de tarifas de telefonía sabemos un rato. Tampoco son robots que se muevan de forma mecánica. Son, directamente, personajes de ficción, recreados mediante diseño gráfico, y con todo un arsenal de pensadores detrás con un objetivo claro: seducir a las marcas para publicitarlas y sacar rédito económico. 

Para ello, el guión detrás de sus historias se enrevesa todo lo que haga falta. Tienen líos de faldas, amoríos no correspondidos entre ellos, anhelos, sueños y colaboraciones con influencers reales. De los de carne y hueso. 

Y por supuesto, físicamente cada vez son más reales. O tienden más a la perfección. En eso también intentan parecerse a algunos influencers humanos. Pero ojo, son mucho más que un maniquí virtual al que ponerle trapitos para vender. 

El caso de Lil Miquela

Es, quizá, el caso más icónico dentro de estos influencers virtuales. Nació en 2016, vive en L.A. y se la rifan las marcas comerciales. Es una “it girl”, sin duda, y no una cualquiera, que ha colaborado con gente como Bella Hadid, tiene sus propias canciones y un concurridísimo canal de Youtube. Por no hablar de sus casi 3 millones de seguidores en Instagram. 

Lil Miquela con Bella Hadid, ¿Quién es quién?

Y claro, llega un punto donde llegan a posicionarse incluso políticamente. Lil Miquela se ha mostrado en las últimas fechas a favor del movimiento Black Lives Matter y del colectivo LGTBi. 

Pero claro, como toca llegar a todas las audiencias, Lil Miquela tiene su Némesis. Se llama Bermuda, apoya a Trump y la tenencia de armas y ha llegado hasta a hackear la cuenta de la propia Lil Miquela. De locos. 

Bermuda, la archienemiga de Lil Miquela

Supermodelos que desfilan con la ropa de las últimas marcas, malotillos de barrio que juegan basket en canchas callejeras y se tatúan hasta las sienes, e incluso la primera modelo extraterrestre de la historia.  

Muchos de ellos interactúan entre sí por ser “hijos” de la misma agencia transmedia. Y en ese delicado contexto se comportan, viven y sueñan. Y son observados por millones de personas que desde su teléfono móvil se evaden del día a día acercándose a los sentimientos de alguien que no existe. 

El dilema ético, como ves, está servido. Personajes que, a diferencia de los y las influencers reales, nunca se van a meter en problemas con un follower, ni van a sacar los pies del tiesto salvo que se trate de una campaña perfectamente orquestada. Y esto es un caldo de cultivo perfecto para las compañías. De momento, parece que la jugada funciona. ¿Acabarán por relegar a los influencers de carne y hueso?


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